Vidas Cristianas : Historias y Biografías de la Vida de Santas y Santos de la Iglesia Católica
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17 de enero: San Antonio, Abad

San Antonio, Abad La Iglesia universal conmemora a San Antonio, Abad, quien dócil a la inspiración de Dios abandona y desprecia el mundo en la flor de su edad, para consagrarse a Dios en el desierto el resto de su vida.

Conocemos la vida del abad Antonio, cuyo nombre significa "floreciente" y al que la tradición llama "el Grande", principalmente a través de la biografía redactada por su discípulo san Atanasio, a fines del siglo IV.

Este escrito, fiel a los estilos literarios de la época y ateniéndose a las concepciones entonces vigentes acerca de la espiritualidad, subraya en la vida de Antonio -más allá de los datos maravillosos- la permanente entrega a Dios en un género de consagración del cual él no es históricamente el primero, pero sí el prototipo.

En su juventud, Antonio, que era egipcio e hijo de acaudalados campesinos, se sintió conmovido por las palabras de Jesús, que escuchó durante la Santa Misa: "Si quieres ser perfecto, anda y vende cuanto tienes, y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo: ven después, y sígueme." (Mateo, 11, 21).

Así lo hizo el rico heredero a la edad de 20 años, reservando sólo parte para una hermana, a la que entregó, parece, al cuidado de unas vírgenes consagradas. Llevó inicialmente vida apartada en su propia aldea, pero pronto se marchó al desierto.

En su búsqueda de soledad y persiguiendo el desarrollo de su experiencia centrada en la oración y en la meditación, llegó a fijar su residencia entre unas antiguas tumbas, usando un sepulcro vacío. Pero hasta su retiro solitario le persiguieron las tentaciones del mundo, del demonio y de su propia carne. Y Antonio luchó contra ellas con todas sus fuerzas.

Frutos de este combate fueron una paciencia celestial, una dulzura angelical, una calma infinita. Las gentes iban a verle, y, aunque ni por su traje ni por sus maneras tenía distintivo alguno, le reconocían apenas se encontraban frente a él. Otro ermitaño acostumbraba hacerle cada año una visita, pero sin decirle nunca una sola palabra. Como el santo le preguntase la causa de aquel silencio: "Padre mío —respondió él—, con verte me basta."

Hasta él llegaban obispos católicos y sacerdotes de ídolos, doctores de la Iglesia y filósofos paganos. Una vez preguntó a dos de ellos: "¿Por qué, oh filósofos, os habéis molestado por ver a un insensato?" "No te creemos tal —respondieron ellos—, al contrario, la sabiduría ha descendido sobre tu cabeza." "Si creéis que soy sabio —replicó él—, debéis imitarme; pues no es de cuerdos huir de aquello que se aprecia."

A Dídimo, famoso sabio cristiano, le preguntó si estaba triste por haber perdido la vista, y como él contestó que sí, replicó Antonio: "Es extraño que un hombre tan sensato como tú eche de menos los ojos, que nos son comunes con las moscas, teniendo la luz más preciosa de los apóstoles y de los santos."

Pronto la fama de su ascetismo o doctrina encaminada a la liberación del espíritu y el logro de la virtud, se propagó y se le unieron muchos fervorosos imitadores, a los que organizó en comunidades de oración y trabajo. Una vez realizada esta exitosa obra, se retiró a una soledad más estricta internándose en el desierto.

No sin nuevos esfuerzos y desprendimientos personales, alcanzó la cumbre de sus dones carismáticos, logrando conciliar el ideal de la vida solitaria con la dirección de un monasterio cercano, e incluso, a sus 100 años de edad, viajando a Alejandría para defender la doctrina de la Iglesia católica y reprender a los arrianos que se decían cristianos pero no creían que Jesucristo es Dios.

Sobre todo, Antonio, fue padre de monjes, que es lo que significa ser "abad", demostrando en sí mismo la fecundidad del Espíritu Santo. La colección de anécdotas, conocidas como "apotegmas" o breves ocurrencias que nos ha legado la tradición, lo revela poseedor de una espiritualidad incisiva, siempre genial e implacablemente fiel a la sustancia de la revelación evangélica. Se conservan algunas de sus cartas, cuyas ideas principales confirman las que Atanasio le atribuye en sus escritos.

Antonio murió en el año 356, muy anciano, de 105 años, en las laderas del monte Colzim, próximo al mar Rojo. La figura del abad delineó casi definitivamente el ideal monástico que perseguirían muchos fieles de los primeros siglos.

No siendo hombre de estudios, no obstante, demostró con su vida lo esencial de la vida monástica, que intenta ser precisamente una esencialización de la práctica cristiana: una vida bautismal despojada de cualquier aditamento.

Para nosotros, San Antonio Abad encierra un mensaje válido y actualísimo: el apartarse del mundo estando en el mundo como retirarse al desierto continúa siendo un desafío: el del seguimiento extremo de Cristo, el de la confianza irrestricta en el poder del Espíritu de Dios.

Oración

Padre nuestro, te rogamos que la intercesión de San Antonio, abad, nos haga agradables ante Ti, a fin de que obtengamos por su asistencia lo que no podemos esperar de nuestros méritos. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén
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